Análisis del GP de Inglaterra
Silverstone, no es país para viejos
Dentro de poco más de un semana, Sebastian Vettel cumplirá 22 años. Es el piloto más joven de la parrilla tras el debutante Buemi. Pero, desde su exultante juventud, ha sabido burlarse del resto de veteranos, del resto de zorros viejos que han sido incapaces de alcanzarle.
Ni los 29 años de Jenson Button, ni los 37 de Barrichello, ni los 32 de Webber han sido suficientes para acabar con él. Su Red Bull ha roto el monopolio de Brawn y lo ha convertido en oligopolio. Los más de sesenta años de Silverstone se rindieron a sus pies al tiempo que lanzaban un adiós al público que, quién sabe, quizá se convierta en un simple 'hasta luego'. Ojalá así sea.
Turquía, sólo para olvidar
Tras el batacazo de Vettel en Turquía, donde perdió la primera posición en la primera vuelta al salirse de la pista, las miradas se centraron de nuevo en él para ver si era capaz de mantener su joven mente concentrada en no perder la primera posición lograda en los entrenamientos oficiales. La juventud es siempre una ventaja en ciertas ocasiones, pero la experiencia y la veteranía son un grado. En Turquía lo pagó, pero ahora tenía que aprender de sus propios errores. Y demostró que había empollado la lección.
La salida una vez más fue limpia, posible de nuevo porque la escapatoria de Copse está asfaltada, pues ambos Ferrari y Fernando Alonso tuvieron que alargar la trazada hasta el exterior de la pista. El de Ferrari logró incluso una gran arrancada, principalmente porque pudo mantener el pie del acelerador a fondo mientras rodaba fuera de la pista (cosas raras de los circuitos de hoy).
Heidfeld, la ruina de Alonso
Por delante, Vettel lograba defender su posición sin muchas complicaciones,
muy al contrario que Button, el flamante líder del mundial que, quizá
acostumbrado a salir en cabeza, perdió tres posiciones en los primero metros (de
sexto a noveno). Las luchas interesantes se produjeron entonces en el medio del
pelotón, con un Heidfeld muy lento al dañar su alerón tocándose con otro
monoplaza. Él mismo reconocería tras la carrera: "Al clasificarnos tan mal en la
parrilla, intentamos cosas diferentes. Yo arriesgué tirándome a un hueco muy
pequeño en la salida, y dañé mi alerón delantero".
Pero en vez de entrar a boxes para cambiarlo, decidió continuar y seguir con la estrategia prevista. Sus tiempos, sin embargo, cayeron estrepitosamente, y frenaron en seco las aspiraciones de Fernando Alonso que, de nuevo, desesperado tras el BMW, vio cómo su carrera se iba por el sumidero al serle imposible adelantar en la bonita pista de Silverstone. Para su desgracia, la lucha le costó un puesto a favor de Fisichella que (a río revuelto…) adelantó a ambos monoplazas en una maniobra muy astuta en Stowe.
Eso animó también a Hamilton, que se pegó a Alonso hasta el punto de amenazarlo seriamente. Una salida de pista de Alonso en Becketts obligó al de McLaren a salirse a su vez en Chapel, lo que animó a Kubica a pasar al inglés sin muchas complicaciones. La lucha entre ambos campeones del mundo no había acabado. El público pudo disfrutar del duelo de dos auténtico maestros del volante, aunque no fuera por la victoria, ni siquiera por los puntos…
Boxes, un buen lugar para adelantar
Mientras tanto, el sueño de Nakajima parecía un espejismo: cuarto. Y lo fue.
La estrategia del equipo acabó con todo y le mandó al fondo del pelotón. El
japonés se mostraba razonablemente insatisfecho y decepcionado tras la carrera.
Mientras Sebatian Vettel seguía en su mundo, perseguido por Barrichello pero sin que le supusiera ninguna amenaza seria, Fernando Alonso se reencontraba con su particular pesadilla: el alerón trasero de Heidfeld. Una y otra vez, el adelantamiento era sólo un sueño que, por más que se empeñaba, se quedaba sólo en un deseo. Los tiempos de su Renault bajaron notablemente. Sólo cuando los reportajes le permitieron despegarse de él, sus tiempos volvieron a ser competitivos. Pero entonces, cuando Fernando paraba, la pesadilla de Heidfeld regresaba.
Esos mismos reportajes le permitieron a Mark Webber a adelantar a Barrichello en boxes. El doblete de Red Bull estaba servido. Los Brawn no han perdido su garra, pero han demostrado que prefieren ganar saliendo desde arriba, y que les cuesta escalar posiciones desde el pelotón. Era justo lo que muchos aficionados y expertos querían comprobar, y en ese sentido, sin duda, decepcionaron.
Hamilton y Alonso, como en los viejos tiempos
Al final de la vuelta trigésimo primera, Lewis Hamilton volvió a pegarse a
Fernando Alonso en Luffield. El español optó por una trazada muy abierta para
tratar de pasar a su vez al Force India de Adrian Sutil, pero fue el inglés de
Mclaren quien aprovechó el hueco para colársele por dentro. La llegada a meta
por Woodcote puso los pelos de punta, con ambos monoplazas rueda contra rueda,
luchando en paralelo a toda velocidad frente a unas gradas exaltadas y
entusiasmadas.
Los seguidores del inglés aplaudieron rabiosamente la maniobra de su ídolo que, a final de recta, ya en Copse, pudo quitarle el puesto a Alonso. Pero poco les duró la alegría: en la siguiente vuelta, el McLaren de Hamilton cabeceó a la salida de Chapel y Alonso no lo dudó para pegarse a su alerón trasero. La falta de apoyo aerodinámico del McLaren ayudó a Alonso.
Los graves problemas de McLaren en curvas rápidas, que sufrieron durante todo el fin de semana, se pusieron más de manifiesto que nunca. Alonso lo sabía y completó un adelantamiento perfecto, culminándolo defendiendo el puesto en Stowe cerrándose ligeramente para tapar la puerta a una posible represalia del inglés.
El mundo al revés
Lo más curioso de la carrera fue ver a los grandes nombres de la Fórmula 1
de los últimos años (pilotos y escuderías) luchando por un puesto en los puntos.
Y peor todavía: Hamilton y Alonso entablaron una preciosa lucha nada más y nada
menos que por el duodécimo lugar, primero, y por el decimosexto. Alonso reconoce
que se divirtió, pero ese no es su objetivo: "Lo que nosotros queremos es luchar
por el podio, no por un decimosexto lugar".
Todos ellos parecían disputar su propia carrera, como si un décimo lugar fuera una auténtica victoria, mientras que arriba peleaban nombres desacostumbrados a los podios, como Button, Vettel, Webber, Trulli, etc. Efectivamente, el mundo parecía estar al revés.
Algo parecido le pasó a Kovalainen: acabó su carrera, otra vez, con un abandono al ser embestido por Bourdais en Vale, al luchar en el fondo del pelotón. Todo comenzó cuando dejó pasar a Hamilton en la vuelta trigésimo cuarta. Justo detrás de él llegaba Bourdais, que no se lo pensó y atacó al finlandés en la siguiente recta.
Es fácil echarle la culpa a Bourdais (Pedro de la Rosa no tardó en decir que Bourdais estaba muy lejos), pero lo cierto es que Heikki defendió su posición de forma exagerada; cambió demasiadas veces de trayectoria: primero se fue por el interior, luego se apartó al exterior, y finalmente (en plena frenada) volvió a cerrar el interior.
Bourdais no se esperó este último cambio de dirección y le fue imposible evitar el choque. Ambos terminaron ahí su carrera. Una lucha muy diferente a la protagonizada por buenos pilotos de verdad, como Hamilton y Alonso, que evitaron el toque a pesar de verse las caras de forma mucho más arriesgada durante toda la carrera.
Los roscos de Hamilton
La emoción de la carrera se centró a partir de entonces en el acoso a Rubens
Barichello. Otro brasileño, Felipe Massa, trataba de hacerse con su cuarto
lugar. Pero no lo consiguió. Barrichello se quedó en las puertas del podio,
aunque por primera vez en esta temporada logró clasificarse por delante del
inglés. Y es que la carrera Jenson Button no era fácil. Mientras se quejaba de
que su monoplaza tocaba el suelo en demasía, trataba de salvar los muebles en un
aparentemente precario sexto lugar. El líder del mundial probó lo que es lugar
en mitad del pelotón, algo a lo que, por otro lado, estaba acostumbrado años
anteriores. Esta vez, en cualquier caso, ni su todopoderoso Brawn-Mercedes pudo
alzarle hasta el podio.
Pero más precaria todavía era la actuación de Hamilton. Cierto que su monoplaza no está para darle muchas alegrías, pero su salida de pista en la cuadragésimo tercera vuelta pareció de novato: se abrió en exceso en Vale hasta pisar la hierba, lo que inevitablemente se traduce en un sobervirage que manda al coche fuera de la pista. Tuvo suerte de poder regresar, aunque su carrera no aspiraba a más que a un antepenúltimo lugar.
Lewis se permitió la extraña licencia, tras la bandera de cuadros, de realizar los típicos trompos delante de su público, aunque no sabemos muy bien qué festejaba, si su antepenúltimo lugar y su trompo y salida de pista. Button, líder del mundial en solitario y clasificado en los puntos, fue más recatado: perdió su sueño de ganar ante su público, lo cual resulta una ironía después de ganar casi todas las carreras hasta la fecha. Era el lugar menos indicado para fallar, y así lo hizo. Una pena para sus seguidores.
De monopolio a oligopolio
La estrategia esta vez no traicionó a Vettel que, líder durante toda la
carrera (excepto cuando Webber tomó el relevo hasta hacer su última parada),
logró el triplete en Silverstone: primera posición en parrilla, victoria y
vuelta rápida. El doblete para Red Bull lo completó un sólido, consistente y
estable Mark Webber, que ha recuperado el prestigio y la regularidad que en años
anteriores brillaron por su ausencia (habría que hacer un artículo especial
sobre sus accidentes, salidas de pista y pifias de las que era especialista).
El australiano parece que se ha serenado, a sus 32 años. Lo malo para él es que un chaval diez años menor ha logrado su tercera victoria y está encandilando al público. Quiere olvidar su decepcionante primera vuelta de Turquía, y esta es la mejor manera de lograrlo. De momento ya es tercero en el mundial, amenazando seriamente a Barrichello, que le saca sólo dos puntos. El monopolio Brawn GP podría terminar, aunque sea para convertirse en un oligopolio.