Gran Premio de Gran Bretaña
04/07
- 06-07-2008
Silverstone
Análisis
Bailando bajo la lluvia
Parrilla de salida de Silverstone. Tensión en el ambiente. Agua sobre el
asfalto. Y un fotógrafo en el suelo empujado por un campeón mundial. No es la
primera ni será la última vez (desgraciadamente) que un piloto arremete contra
un profesional sólo porque la tensión le puede. La diferencia es que, antes,
esos pilotos podían justificarse por su enorme valía. Hoy, resbalan sobre el
asalto como el hielo sobre la madera. En la clasificación de torpezas del Gran
Premio de Silverstone 2008, los pilotos de Ferrari ganaron de forma arrolladora.
Desgraciadamente para ambos, ni con todas sus fuerzas del mundo pudieron empujar
a todos los periodistas gráficos para hacerles caer y evitar que todo el mundo
contemplara su torpeza.
Cuestión de sueldos y clases
Nadie duda de la valía de los veintipico hombres que se juegan la vida a
trescientos por hora sobre el líquido elemento. Las peores condiciones para
subirse a un monoplaza y ahí están dispuestos a desafiar a la fuerza centrífuga.
Pero tampoco se espera menos de los supuestamente mejores pilotos del mundo y,
sea dicho de paso, los deportistas mejor pagados no sólo del mundo, sino de la
historia. Por eso, quizá, verles resbalar sobre el asfalto de Silverstone cual
patitos mareados parecía tan cómico como patético. Porque quizá sí se espera de
un debutante o de quien tiene poca experiencia. Pero Felipe Massa lleva seis
años en la Fórmula 1, noventa y siete carreras, ocho victorias y doscientos
cuarenta y nuevo puntos. Pese a todo, acabó último, doblado y humillado. Pero su
compañero de equipo tampoco puede vanagloriarse de nada: ni él mismo puede
creerse que acabara cuarto tras cometer una y otra vez los mismos errores
durante toda la carrera. No es esta la actuación que se espera de un vigente
campeón del mundo, aunque cayera la tormenta del siglo. Es posible que, de una
vez por todas, en Ferrari deban replantearse qué pilotos han elegido para llevar
sus monoplazas sobre la pista. Todo el trabajo de ingenieros, mecánicos y
directivos se echa por tierra cada vez que estos pilotos comienzan a dar vueltas
fuera del asfalto.
El día de Hamilton
De lo que no hay duda es que la temporada actual es de lo más emocionante. En
cada carrera, las posiciones de la parrilla casi nunca coinciden con los
resultados finales. Mark Webber hizo lo que todo el mundo esperaba nada más
apagarse el semáforo: el ridículo. Ahí acababa su prometedora carrera, un nuevo
timo de un piloto mediocre que, conforme pasan los años, es incapaz de demostrar
nada y, cuando lo hace, se empeña en enturbiar sus propios logros. Mejor lo hizo
Kovalainen, por una vez, defendiéndose de los ataques de su compañero en los
primeros compases de carrera. Su latigazo a la salida de Copse fue estremecedor.
De haber perdido el control habríamos tenido un interesante baile de pilotos
tratando de esquivarle. Sin embargo, todos sabían que poco le iba a durar a
Hamilton, crecido ante su público. Fue increíble que el británico no hiciera una
de sus clásica pifias que acabara con su carrera, aunque a punto estuvo de nuevo
de hacer el ridículo cuando perdió el control de su monoplaza rodando en
solitario y con un mundo de diferencia con respecto al segundo clasificado. Pudo
esta vez recuperar el control del coche y seguir como si nada hubiera pasado,
rodando igual o más rápido, marcando un hito en el automovilismo inglés que
tardarán siglos en dejar de recordar. Esta vez sí, Hamilton demostró que puede
ser bueno, aunque nunca responsable, en las condiciones más difíciles.
Alonso, sigue siendo el rey (de la lluvia)
Tras el precoz abandono de Coulthard (que quiso que los comisarios se jugaran
la vida por él tratando de reintegrarlo a la pista cuando estaba claro que ni
con una grúa resultaría fácil), la carrera se convirtió en la más divertida en
lo que llevamos de mundial, probablemente. No por las salidas de pista sino por
las oportunidades que la lluvia ofrece en los adelantamientos. Magistral se
mostraron las manos de Fernando Alonso, único piloto que no cometió un maldito
error durante toda la infernal prueba: luchando con un coche claramente inferior
al resto, logró mantenerse sobre la pista en todo momento, buscando trayectorias
alternativas, trazadas imposibles y huecos mínimos. Logró así aguantar los
ataques de todos los que le alcanzaban, hasta llegar a mantener auténticos
duelos de infarto con pilotos de escuderías superiores, como BMW-Sauber o
McLaren. Incluso adelantó a Räikkönen cuando éste protagonizó una de sus
frecuentes y absurdas salidas de pista, aunque fue de nuevo superado por el de
Maranello al poco tiempo. Una verdadera lástima que conducir un Ferrari no sea
lo mismo que un Renault o un McLaren; otro gallo habría cantado. Felipe, Heikki,
Kimi y Lewis, probablemente, no lograrían ni puntuar.
El retorno del mago Barrichello
Y frente a esos pilotos incapaces de demostrar nada bajo la lluvia (siempre con la excepción de Hamilton, que esta vez se reencontró con su público), pudimos recordar esa magia que sólo algunos pilotos guardan celosamente y que queda patente de cuando en cuando. ¿Cómo no recordar aquel infernal Gran Premio de Alemania de 2000? Eso sí fue un auténtico tormento, una auténtica locura, un aguacero de salidas de pista y accidentes. El antiguo y verdaderamente desafiante trazado de Hockenheim (el de verdad, no el actual de juguete para niños) fue escenario de una de las carreras más increíbles jamás vistas, ganada por el entonces piloto rojo Rubens Barrichello. ¿Quién no creyó (o quiso) ver en aquella soberbia actuación el recuerdo de Magic Senna? Aquella remontada desde el decimoctavo lugar hasta lo más alto de las glorias del podio sigue siendo una de las últimas hazañas de la Fórmula 1 reciente. Las risas del brasileño aún montado en su monoplaza, dando la vuelta de honor, son una buena muestra de la descarga de tensión de haber tomado riesgos tan elevados como no cambiar los neumáticos para no perder el primer lugar.
El Silverstone, este año, le hemos vuelto a ver hacer algo parecido: navegó sobre la inundada pista hasta tocar de nuevo el podio. Si aquella vez remontó diecisiete puestos con un Ferrari, esta vez ha ascendido trece con un Honda. Magistral.
La próxima cita del mundial es Alemania, en el castrado circuito de
Hockenheim. Una pista en la que la lluvia podría volver a hacer acto de
presencia, para alegría de los aficionados, que gozan como nunca con el agua.
Quizá a Kimi se le ocurra dar un puñetazo a un cámara, Massa insulte a un
comisario o Hamilton estrelle un barco. Qué le vamos a hacer. Los pilotos de
Fórmula 1 siempre han sido extravagantes. Esperemos que por lo menos sigan
bailando bajo la lluvia.
- Semáforo verde:
-Lewis Hamilton: Pese a cometer un error durante la carrera y otro en los
entrenamientos, nadie puede quitarle el honor de haber ganado aplastantemente
por primera vez en su propio país. Indiscutible.
-Rubens Barrichello: ¡Qué divertido es volver a ver sus gestos en el
podio! Grande, pese a todo (incluidos los años).
-Fernando Alonso: No es patriotismo: este año está aprendiendo como nunca
a luchar, pelear y dejarse el alma para lograr un mísero punto. Como en los
tiempos de Minardi. Maravilloso.
- Semáforo rojo:
-Felipe Massa y Kimi Räikkönen: Se les da bien ser bordes y empujar a la
gente, pero deberían preguntarse si merecen los puestos que ostentan. Patéticos.
-Heikki Kovalainen: Ha vuelto a demostrar que es el coche el que le empuja
hasta lo más alto.
-Mark Webber: ¿Acaso alguien esperaba algo mejor de él? Una decepción tras
otra.
-Robert Kubica: Esta vez la chafó con una salida de pista cuando lo tenía
casi todo ganado. Una lástima, pero así también se aprende.
