Deja Vu en Turquía
El domingo, mientras contemplaba el Gran Premio de Turquía, me preguntaba si estaba sufriendo algún tipo de Deja Vu. Veía como Jenson Button se encaminaba hacia la conquista de su primer campeonato del mundo, (que certificará probablemente antes de Monza), momento hasta el cual, sólo mediando una benevolencia del inglés al estilo de Schumacher en años pasados, Barrichello, su escudero designado, podrá obtener alguna victoria.
Precisamente, esta representación mental hizo que despertara del “amodorramiento” al que me sumía mientras los locutores de la televisión trataban de infundir algún atisbo de emoción y esperanza ante una carrera previsible ya desde el mismo sábado. Indudablemente, nadie que sepa algo de este deporte pensaría que Vettel fuera a suponer un obstáculo para el británico tras su primera parada en boxes , menos si cabe, al ver cómo en su equipo seguían fieles a una táctica concebida para llegar allí en primera posición, un hecho que no sucedió por el nerviosismo y precipitación del piloto de Red Bull (y van dos errores seguidos, Mónaco y Turquía) que anticiparon el final de la carrera.
Volvamos al Deja Vu. Al mirar los boxes y los nombres de los protagonistas reales, aquellos que son los responsables del espectáculo que vemos en la pista, me venía a la memoria otro año de dominio aplastante, de otro de los grandes. Hablo del protagonizado por un monoplaza que, a fuerza de repetir laureles, marcó la historia de la Fórmula 1: el Ferrari F2004. Otro “terminator” fue el MP4-4 de McLaren del año 1988, monoplaza ganador de 15 de las 16 carreras que se disputaroon aquel año (recordado también por la muerte de Enzo Ferrari, fundador de Ferrari).
Hablar en el paddock del F2004 o del MP4-4 causa un espasmo de terror en la cara de cualquier Team Manager o viejo mecánico, que reviven momentos embarazosos al ver como competía contra bólidos que parecían venidos de otro mundo.
En el 2004, tras siete carreras, Michael Schumacher había ganado seis de ellas, siendo las cinco primeras consecutivas, y tras éstas aún ganaría otras seis seguidas más, al mando de aquel récord y como uno de los artífices responsables de aquel monoplaza que llevó la eficiencia aerodinámica a límites tales que, dos años más tarde, Ferrari seguiría usándolo para confrontar sus proyectos de 2005 y 2006, estaba un tal Ross Brawn. Era este gigantón británico el que dictaba las estrategias a sus pilotos desde el muro, indicaba a sus ingenieros la dirección hacia la que desarrollar los componentes y marcaba las prioridades del equipo.
Ross Brawn marcó tendencia como nadie en la F1; es un auténtico gurú, que, como pocos, es capaz de dirigir los recursos de un equipo en la dirección adecuada, sacando el máximo partido de todas sus herramientas. Lo demostró en Sport Prototipos llevando a Jaguar al éxito absoluto. En Benetton, ya en F1, lo repitió. Más adelante, junto con Rory Byrne dio la etapa de gloria más importante, en títulos, de la historia de Ferrari. Ahora, ha demostrado de lo que es capaz la racionalidad y el buen criterio en la Fórmula 1, poniendo en pista un monoplaza BGP001 que hará temblar los cimientos de la confianza en el paddock. De nuevo, como en el 2004, no hay esperanza para ninguno. Ni tan siquiera para Adrian Newey, el genio que lo ganó todo en los 90 con Williams y McLaren y que hoy en día, con su espectacular Red Bull, demuestra su genialidad a los grandes constructores que les dejaron escapar, como Ferrari o McLaren, y a aquellos que no lo supieron valorar, como Renault, BMW o Toyota. Newey es otro de los que pone en evidencia a los llamados “grandes” cambiando el orden establecido hasta límites que nadie hubiera podido vaticinar, dejándolos huérfanos de ideas y de capacidad competitiva. Brawn y Newey son el ejemplo perfecto para una gran frase: “los viejos rockeros nunca mueren...”