Contracorriente - 'Las tropas del Imperio'
Una voz fuera del coro
(Las opiniones vertidas aquí no son necesariamente compartidas por esta publicación y son sólo atribuibles a su autor)
El caso es que tomando una ‘birra’ con mi amigo, (sí, el que estáis pensando, Viperino Argucia, que aquí llamaremos sólo Viper para abreviar) me decía que a él lo que le gusta de verdad es la GP2 y el WTCC, me decía que sin tanto rollo de tecnología y con mucha menos ‘pasta’ las carreras son más ‘chulas’, ya que hay más adelantamientos y la lucha entre los pilotos está más igualada. Hombre, la verdad es que en eso no le falta razón, pero no es comparable la intensidad y la importancia de una carrera en donde están implicadas todas las principales marcas del automovilismo mundial que un campeonato monogoma, monochasis, y monomotor. Si a eso vamos, más interesante sería la Supercopa Seat León.
Pero la reflexión de Viper sí me hace pensar un poco. ¿Qué es lo que nos atrae de la F1? ¿Es realmente el espectáculo que presenciamos lo que nos atrae de ella? ¿Qué mecanismos actúan sobre nuestras mentes para sentirnos tan apegados a ciertos colores o personajes? Francamente creo que se nos está escapando de las manos este nuevo fenómeno deportivo-económico-mediático. Por lo menos en lo que al lugar patrio se refiere.
Es poco edificante ver como las discusiones de los aficionados a la F1 (nuevos llegados, en la mayoría de los casos) toman tintes pseudodramáticos en la defensa de posiciones que casi nunca están avaladas por el conocimiento real de los hechos y mucho menos de la comparación de estos con otros vividos con anterioridad. La memoria es, por fuerza, limitada en general, ya que el seguimiento del fenómeno F1 se limita lastimosamente a no más de 10 años atrás en los casos ‘premium’ y cuatro o cinco en los ‘standard’.
Ahora tenemos dos facciones enfrentadas y opuestas. Por una parte, quienes apoyan de forma incondicional cada acción de Michael Schumacher, criticando cada palabra de Fernando Alonso; frente a esta se posicionan los de una religión idéntica, pero invirtiendo ‘Adonai’. Necesariamente habría que preguntarse qué es lo que nos ha llevado a esta brutal metamorfosis ‘balompédica’ o ‘futbolera’, llámese como se prefiera.
La cuestión no podía por menos que ser planteada a mi fiel compañero de andanzas. "¿Oye Viper, tu porque crees que la afición ha perdido el aplomo de antaño?". Cual maestro Yoda, Viper me mostró el poder de la ‘fuerza’. Todo el ‘mal’ está en la masificación. Es mucho más fácil dominar todas las tropas del ‘Imperio’ con la ira, que dar a cada uno la sabiduría y el conocimiento para que su comportamiento y elección tenga un sostén empírico. Mucho más provechoso explotar el fruto del odio irreverente que sembrar la semilla del respeto mutuo.
Jo, Viper, qué filosófico me has salido... ¿has cambiado de colonia? No te han sentado bien sus vapores, je je je. Pero sí, tal vez tengas razón. Siempre, y en toda competición, ha habido partidarios de cada uno de los bandos implicados. La confrontación dualista ayuda a que las posiciones sean mucho más cerradas y tercas. Se convierte en un pugilato. Mohamed Ali versus Foreman, Superman contra Lex Luthor, Alonso contra Schumacher, el bien contra el mal. La decadencia del respeto entre los aficionados de la F1 está condicionada por sus fases de bipolaridad. Estás conmigo o contra mí. Cuando en la década de los 70 eran 6, 7 y hasta 8 pilotos distintos los que conseguían victorias en una misma temporada, las pasiones estaban también más repartidas, menos encontradas, el enemigo no era siempre el mismo. Para cada carrera, el rival a vigilar podía cambiar radicalmente de vestuario y de rostro.
En las épocas recientes resulta normal ver como entre dos pilotos se reparten el 80% de las victorias en Grandes Premios. Una cifra que no es una excepción sino más bien la norma. El principio del fin lo puso en acto el equipo McLaren, que acaparó en 1988 nada menos que 15 de las 16 victorias posibles de la mano de sus motores Honda turboalimentados. Aquí en España no estábamos tan estigmatizados y nuestras manifestaciones de “muerte al infiel” apenas llegaban a ser escuchadas por nuestras propias orejas.
Entonces, ¿qué me dices Viper, que toda la culpa va a ser de Ron Dennis? No, claro, ya me parecía a mí. La culpa es de quien ha manejado los hilos, de quien no ha sabido mantener el espíritu legendario de los ‘gentleman’, el juego limpio y el respeto por el rival. Toda una generación inhaló la esencia malvada de que, incluso en la F1, lo importante es ganar aunque para ello haya que sacar al rival de pista. Prost lo hizo con Senna y fue aclamado campeón. La FIA, complaciente, también francés era su presidente. Ayrton devuelve la cortesía, nuevo final con accidente tenemos al año siguiente. Oye Viper... estoy por dedicarme a la poesía, en vista de tanta... hipocresía, je je.
Ya lo sé Viper, no son cosas de las que hacer bromas. Esta connivencia ‘oficialista’ nos llevó a un futuro en que otros pilotos creyeron que el fin justifica los medios. Hoy estamos ante un problema mayor, si cabe. Son los aficionados, no desmentidos por los potentes medios de comunicación, los que parecen haber abrazado estas prácticas poco deportivas y distantes de la menor ética. Aprovechar una coyuntura para trasformar el Circo en un/una ‘Tómbola’ no ayudará a crear una afición amante de la F1 sino de una versión motorizada de cualquier otra iniciativa amarillista o ‘rosácea’. Un deporte por el que muchos hombres han entregado su vida no merece este resultado. Aprendamos a apreciar la F1 y después tendremos manera de hacerlo con sus protagonistas.
¿Qué dices Viper? ¿Que ahora soy yo el que se está poniendo trascendente? Vaya, es verdad. Vale, hagamos una cosa... Aquí os dejo mi correo electrónico: albertokhakojones&thef1.com, sustituir & por @, ya sabéis, el dichoso spam hay que esquivarlo. Las tres o cuatro personas que leeréis esta columna podéis contarme que opináis sobre lo comentado. Por cierto, mi madre está muy mayor ya, y aunque ciertas afirmaciones pudieran ser verdad, que lo dudo mucho, tratad de practicar ese respeto que caracterizaba a los ‘gentlemen drivers’ de una época. Es posible que juntos vayamos todos aprendiendo de ellos.
Jo, qué caña... no me diréis que no voy contracorriente.
