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09-07-2007 11:29

Contracorriente - Dr. Jekyll & Mr. Hyde

Una voz fuera del coro
Contracorriente - Dr. Jekyll & Mr. Hyde

Alonso campeón

(Las opiniones vertidas aquí no son necesariamente compartidas por esta publicación y son sólo atribuibles a su autor)

Hace ya tres semanas que hablábamos de la nueva posición que Ferrari está reservando para Michael Schumacher. En esa nota me había comprometido con todos vosotros (que ya he podido comprobar que sois más de tres o cuatro) a continuar martirizando a la afición con mis elucubraciones. Pues bien, con un cierto retraso que espero sepáis disculpar, quiero contaros mi último ‘briefing’ con quien a estas horas ya es nuestro común amigo, Viper. El improvisado ‘motorhome’ fue un lugar de ocio, nuestros predilectos Billares Rex, y así, entre tiradas a banda e inevitables corbatas (nuestra destreza en el noble arte del billar está aún en mantillas) salió como por carambola la disquisición que ocupará está nota.

Lo cierto es que el bueno de Viper me estaba dando una paliza considerable y tuve que recurrir a su curioso apellido, esto es, Argucia. La argucia fue enervarlo con una reflexión que en estos últimos tiempos me corroe. ¿Cómo es posible que la afición española a la F1 cuestione la figura de nuestro campeón más preclaro? En efecto, la maniobra tuvo el éxito esperado y en breves instantes estábamos enzarzados en una discusión que dejaba en salvaguarda mi deficiente estilo billarista y, sobre todo, mi derrota más que cantada.

Pero dentro de la artimaña se escondía una duda real, una interrogación que escapaba a mi escasa intuición. ¿Es Fernando Alonso merecedor de las críticas que buena parte de la afición española le dedica? Quiero pensar que, como con las nueces, es la porción menor de fruto inmaduro la que más ruido organiza. Así, no dudé en atacar la sensibilidad de mi compadre con el argumento: “Oye, Viper, ¿qué te parece lo que dice la gente? ¿Es Alonso un tipo antipático? ¿Se le ha subido el éxito a la cabeza?" Arrojada la cuestión en un momento oportuno, como no podía ser de otra manera, Viper falló la carambola minimizando mi pírrico resultado hasta ese momento. Esperaba que, como una reacción normal, intentara colocarme el taco por sombrero pero, en su lugar, Viper saltó encima de mi consulta con uno de esos arranques filosóficos a los que nos tiene acostumbrado: “Alber, España es para esto como para otras tantas cosas, como el Dr. Jekyll y Mr. Hyde”.

Jo, esperaba cualquier respuesta menos ésa. Casi hubiera preferido un golpe seco en la cabeza con su taco, un precioso Balabushka blanco con incrustaciones, que tener que pedirle explicación a su diatriba. “Anda Viper, no seas así y dame más pistas”. Aclaremos en este punto que, a pesar de hacerle pifiar la tirada, tanto el Balabushka como mi tetera conservaron su integridad intacta y además de eso, Viper me sumergió en el significado de su razonamiento.

Según nuestro amigo, el rancio pueblo español está afectado de una curiosa patología según la cual somos capaces de ensalzar a nuestros compatriotas de éxito a los más altos estadios de adoración como, y sin una razón atendible, desdeñarlos de la manera más brutal y burda que ser humano pueda imaginar. Un fenómeno éste que se explicaría, como en la historia de Robert Louis Stevenson, como una afección genética que plagiara los efectos de la droga elaborada por el Dr. Jekyll.

Lo dramático del caso es que esta afección tiene la característica de ser masiva y no individual, y es el conjunto de la sociedad española la que padece esta extraña dolencia. Los casos que podrían apoyar esta tesis son abundantes, pero no es éste el lugar ni el momento para tan ardua labor científica. Lo que sí podemos analizar es el caso concreto que nos ocupa.

Es de sobra conocido, y mayoritariamente admitido, que el automovilismo deportivo, y en particular su vertiente de competición en Fórmula 1, no ha gozado de una gran tradición en nuestra ‘piel de toro’. Con unos inicios llevados de la mano de ilustres aristócratas, pasamos a una segunda etapa en que pilotos como Paco Godia, Juan Jover o Alfonso de Portago hacen sus incursiones con más o menos éxito en la Fórmula 1. Eran iniciativas particulares adscritas a lo que se dio en llamar la era de los ‘gentlemen drivers’, impulsadas por su innegable ansia de aventura y soportadas por su abultado patrimonio personal. Tras ellos llegó un nuevo tipo de pilotos hispanos, nuevos en tanto que más jóvenes pero animados por una filosofía muy parecida. Apoyados en una sólida base económica, intentaron expresar su pasión por el automovilismo en el ámbito individual, sin disponer de un material de primer nivel. Álex Soler-Roig, Emilio de Villota e incluso el malogrado Emilio Zapico son exponentes de esta generación. Los resultados deportivos no fueron muy brillantes y la sociedad, siempre abocada a valorar los esfuerzos en base a las victorias, nunca se decantó por un seguimiento generalizado de esta disciplina. Se reeditaba una vez más la idea de “aquellos locos con sus viejos cacharros”.

Ya en la década de los ochenta, hace su incursión en la categoría máxima del automovilismo otro concepto de la implicación en F1, cuyos protagonistas fueron Adrián Campos y Luis Pérez Sala. Como en las iniciativas anteriores, una posición económica privilegiada fue el caldo de cultivo de su llegada al gran Circo, pero en ellos vemos que la vía iniciada por Emilio de Villota evoluciona acorde a los nuevos tiempos. Estas aventuras se refuerzan con el apoyo de marcas comerciales que apuestan por invertir en fuertes patrocinios para que sus ‘elegidos’ puedan entrar a formar parte de estructuras bien asentadas en la especialidad, aunque de potencial un tanto escaso. Su principal logro fue hacer que, si bien de forma limitada, su aventura en la Fórmula 1 tuviera una cierta repercusión. Sus patrocinadores necesitaban una estrategia de promoción de su presencia en el serial paralela a la inversión hecha para que los pilotos accedieran a los monoplazas. Con todo, la Fórmula 1 no pasaba de ser un objeto misterioso y la población, en general, no valoró nunca suficientemente a estos pilotos.

Llevando al extremo el estadio anterior llegamos, una década después, a finales de los noventa, donde dos multinacionales españolas (Telefónica y Repsol) ven en la Fórmula 1 un escaparate que servirá, más allá de los confines patrios, a la promoción de sus actividades en países en vías de desarrollo. Es la oportunidad para la llegada de Marc Gené y Pedro de la Rosa a las parrillas de los Grandes Premios.

Este, a grandes rasgos, es el resumen de la historia de la F1 pre-Alonso en España y de su escasa repercusión entre la población. Una afición, propiamente dicha, no ha existido hasta la aparición del fenómeno asturiano. Sin duda ha habido siempre gente ‘rara’ que ha incubado en su interior el gusto por la F1 y que se ha sentido frustrada por no tener la posibilidad de seguir, como sí podían los aficionados a otros deportes, las hazañas de sus héroes y disfrutar de la emoción que ello conlleva. Muchos han pasado décadas añorando tener un campeón que convirtiera aquella oscuridad en luz.

Ahora lo tenemos. Por fin llegó. Tenemos un piloto con un talento natural tan grande que apenas ha necesitado de patrocinios, y mucho menos de aportes multimillonarios, para llevarlo hasta la cumbre de la especialidad del motor más exclusiva del Globo. Por su talento, España se vanagloria de contar con un doble campeón mundial que nos hace rivalizar con países de mucha más tradición y, lo más importante, definitivamente ha conseguido alejarnos de la idea de que éramos un país del montón. El apogeo de la tecnología aplicada al automóvil está en manos españolas, está a su servicio y, además, invierten sumas colosales para tenerlo entre sus filas. ¿Será porque es un engreído, un antipático y un ególatra? ¿O tal vez será porque en él se conjuga el talento, el carácter, la determinación y la seguridad en sí mismo necesaria para ser un bicampeón donde otros, a lo largo de 56 años, no han pasado de algún aislado segundo puesto?

En un país donde florecen programas televisivos destinados a criticar la vida de personajes famosos, donde se hurga en sus intimidades hasta las últimas consecuencias, donde el ‘marujeo’ campa a sus anchas, no se podía esperar menos. La figura de una de nuestras mayores glorias deportivas también tenía que sufrir los envites de esa tendencia que, aunque habitual, no deja de rayar en lo absurdo. Si hay que juzgar a Fernando Alonso, habrá que hacerlo por su comportamiento en la pista, por lo que es su proceder respecto a sus rivales en la competición, no por si hace admisión de supuestos errores, (que sólo pueden discernir quienes tienen los datos telemétricos) o por si sus declaraciones son más o menos comedidas o políticamente correctas. Alonso es un gran piloto, pero es también una persona y, como tal, merece el respeto de quienes ni siquiera han tenido oportunidad de hablar con él y conocerlo. Por ser un personaje público está sujeto a que la gente tenga una opinión sobre él, pero que haya compatriotas que deseen que pierda en sus confrontaciones deportivas (y esto sucede con frecuencia) creo que excede a toda lógica.

¿Sabes, Viper? Creo que voy entendiendo tu alegoría sobre la psicopatología del desdoblamiento de personalidad extendida a una sociedad, pero has perdido la partida. He hecho 49 carambolas de tacada y, con la que tenía, he sumado las cincuenta a las que íbamos. Así que anda, que ahora te toca pagar a ti la cerveza, je, je, je.

Como siempre, atenderé vuestras reclamaciones o comentarios en: albertokhakojones&thef1.com. Hacerme el favor de sustituir & por @ y disculpar la molestia pero supongo que entenderéis mi interés por liberarme del molesto spam.

by Redacción TheF1.com 09-07-2007 11:29 - Alber Tokhako Jones

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